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Akelarre: el mal que preferimos reconocer en los otros.

Foto del escritor: Omar Haddad Segura Landin
Omar Haddad Segura Landin
12 oct
9 min de lectura

Una lectura psicoanalítica de la novela de Mario Mendoza.


"El problema del mal es que siempre lo imaginamos allá, afuera, como si nosotros no tuviéramos nada que ver con él. El mal es una categoría que nos gusta analizar en los otros. ¿Por qué? Porque nos da terror enfrentar la dosis de maldad (mucha, por lo general) que llevamos dentro."

— Mario Mendoza, Akelarre




Hay algo particularmente inquietante en Akelarre, de Mario Mendoza, y no se trata únicamente de los asesinatos, la brujería o los acontecimientos sobrenaturales que atraviesan su historia. Lo verdaderamente perturbador es la manera en que la novela nos confronta con una pregunta que preferimos evitar: ¿qué tanto de aquello que condenamos en los demás también forma parte de nosotros? Estamos acostumbrados a pensar el mal como algo ajeno, como una característica de determinadas personas que, por alguna razón, han dejado de comportarse conforme a las normas que consideramos aceptables. Nos tranquiliza imaginar que existe una frontera clara entre quienes hacen el bien y quienes hacen el mal. Sin embargo, basta observar un poco nuestra historia, nuestras relaciones y las contradicciones que experimentamos cotidianamente para descubrir que esa separación no siempre resulta tan sencilla. Quizá por eso la literatura tiene esa particular capacidad de incomodarnos, porque nos permite reconocer en sus personajes aspectos de la condición humana que, de otra manera, preferiríamos mantener alejados de nosotros.


Desde el psicoanálisis, esta cuestión adquiere una dimensión particularmente interesante. Freud cuestionó la idea de que el ser humano estuviera gobernado exclusivamente por la razón, la bondad o la búsqueda de su propio bienestar. Su descubrimiento del inconsciente nos permitió reconocer que nuestra vida psíquica también está atravesada por deseos contradictorios, fantasías, impulsos agresivos y conflictos de los que muchas veces no tenemos conocimiento. En El malestar en la cultura (1930), plantea que la vida en sociedad exige ciertas renuncias pulsionales, pues para convivir con otros necesitamos establecer límites, reconocer prohibiciones y restringir determinadas formas de satisfacción. Sin embargo, estas renuncias no consiguen eliminar nuestros deseos ni nuestra agresividad; por el contrario, pueden dar lugar a nuevos conflictos que se expresan tanto en nuestra relación con los demás como en la que sostenemos con nosotros mismos. Esto no significa que todos seamos capaces de cometer los mismos actos, ni que la violencia pueda justificarse apelando a nuestra naturaleza pulsional. Significa, más bien, que la agresividad no es algo completamente extraño a la condición humana y que nuestra relación con ella es considerablemente más compleja de lo que nos gustaría admitir.


Una parte de esa agresividad puede dirigirse hacia el exterior, mientras que otra puede volverse contra nosotros mismos. Es aquí donde el superyó adquiere una importancia fundamental, pues aquella instancia que solemos relacionar con la conciencia moral también puede convertirse en una autoridad interna sumamente cruel, capaz de castigarnos mediante la culpa, el reproche y la necesidad de castigo. Lo interesante es que la civilización, aun con todas sus leyes y prohibiciones, no consigue erradicar la violencia; incluso puede encontrar nuevas maneras de organizarla, legitimarla o mantenerla oculta bajo discursos aparentemente respetables. Esta contradicción atraviesa buena parte de Akelarre, donde Mendoza nos presenta una sociedad que pretende sostener ciertos ideales morales mientras convive con la exclusión, la desigualdad y una violencia que parece haberse incorporado a la vida cotidiana. Los asesinatos de mujeres que desencadenan la investigación no ocurren en un escenario separado de la sociedad, sino dentro de una ciudad que también participa, mediante sus silencios e indiferencias, en las condiciones que permiten la persistencia del horror. Por eso, la pregunta no debería limitarse a quién comete el crimen, sino también a qué sucede alrededor de él, qué violencias hemos aprendido a normalizar y por qué algunas vidas parecen despertar mayor indignación que otras cuando son destruidas.


Uno de los mayores aciertos de Mendoza es construir personajes que difícilmente pueden comprenderse desde una división sencilla entre buenos y malos. Cada uno se encuentra atravesado por conflictos, historias y contradicciones que impiden reducirlos a una sola característica. Frank Molina es especialmente interesante por esta razón. Su relación con las adicciones, su sufrimiento psíquico y los acontecimientos de su pasado nos presentan a un sujeto que intenta desenvolverse en un mundo que tampoco parece ofrecer demasiadas posibilidades de tranquilidad. Su investigación lo conduce hacia los aspectos más violentos de Bogotá, pero al mismo tiempo lo mantiene confrontado con su propia historia. Desde una lectura psicoanalítica, podríamos pensar que su recorrido no solamente consiste en encontrar a un asesino, sino también en enfrentarse con aquello que insiste en su vida y que no consigue dejar completamente atrás. No se trata de interpretar su padecimiento psiquiátrico como una expresión del mal, pues sería un error establecer semejante asociación. Lo que vuelve interesante a Molina es precisamente su complejidad: alguien puede encontrarse profundamente afectado por su propio sufrimiento y, aun así, conservar la capacidad de interrogar lo que sucede a su alrededor. En este sentido, el personaje nos recuerda que no siempre conseguimos comprender las razones de aquello que repetimos, ni basta con conocer nuestras dificultades para dejar de encontrarnos con ellas.


Por otra parte, el padre Lázaro Bautista nos permite aproximarnos a uno de los problemas más importantes para Freud: la relación entre la culpa, el deseo y la moral. El sacerdote es un hombre atormentado por su pasado, una figura que nos lleva a preguntarnos qué sucede cuando las exigencias morales entran en conflicto con aquello que el sujeto desea, recuerda o no consigue perdonarse. En El yo y el ello (1923), Freud desarrolla la noción de superyó como una instancia que, entre otras funciones, interviene en la formación de los ideales y la conciencia moral, pero que también puede ejercer una severidad extraordinaria sobre el yo. La culpa, por lo tanto, no siempre conduce a reparar el daño ocasionado. En ocasiones, puede mantener al sujeto atrapado en un sufrimiento que se prolonga indefinidamente, como si castigarse fuera una manera de responder ante aquello que no consigue elaborar. En Bautista encontramos una oportunidad para reflexionar sobre esta contradicción, especialmente cuando la búsqueda de cierta absolución convive con una profunda dificultad para reconciliarse con la propia historia. Su figura también permite cuestionar la idea de que la religiosidad o la adhesión a determinadas normas morales bastan para resolver los conflictos humanos. La prohibición puede establecer un límite, pero no necesariamente consigue modificar aquello que el sujeto desea, y mucho menos garantiza que desaparezcan sus contradicciones.


Leticia, por su parte, introduce una problemática diferente. Su relación con la brujería, sus visiones y el descubrimiento de una identidad que desborda lo que inicialmente conoce de sí misma nos permiten pensar en aquello que una sociedad considera extraño, amenazante o prohibido. Freud desarrolló en Lo ominoso (1919) una reflexión acerca de ciertas experiencias que nos resultan perturbadoras porque vuelven extraño algo que, de alguna manera, había sido familiar. Sin pretender explicar los acontecimientos sobrenaturales de la novela como si fueran fenómenos clínicos, esta perspectiva nos permite interrogar la inquietud que producen los límites entre lo conocido y lo desconocido, particularmente cuando aquello que considerábamos seguro comienza a adquirir un carácter amenazante. Sin embargo, Leticia también puede leerse desde una dimensión histórica y social, pues la figura de la bruja nos recuerda cómo determinadas mujeres fueron perseguidas por prácticas, conocimientos o formas de existencia que desafiaban las normas de su época. Resulta interesante pensar que aquello que una sociedad identifica como peligroso no siempre corresponde a una amenaza real. A veces, también puede expresar la intolerancia hacia lo diferente y la necesidad de colocar en determinados sujetos aquello que una comunidad no está dispuesta a reconocer de sí misma. De esta manera, la brujería deja de funcionar únicamente como un elemento sobrenatural y adquiere una dimensión simbólica que permite cuestionar los mecanismos mediante los cuales una sociedad construye a sus propios monstruos.


Esta última cuestión adquiere mayor relevancia cuando observamos el lugar que ocupa Bogotá dentro de la novela. La ciudad no funciona únicamente como el escenario de los acontecimientos, sino como un espacio atravesado por contradicciones sociales, desigualdades y distintas manifestaciones de violencia. Sus calles, sus contrastes y los lugares que suelen permanecer fuera de la mirada pública participan de una atmósfera en la que lo inquietante parece formar parte de la vida cotidiana. La ciudad que Mendoza construye nos permite establecer una comparación con algo que también encontramos en la vida psíquica: aquello que intentamos mantener apartado no necesariamente deja de existir. En este punto, podemos recuperar la noción freudiana de represión, aunque conviene distinguirla del ocultamiento social. En el psiquismo, lo reprimido no desaparece por haber sido excluido de la conciencia; puede encontrar otras vías para manifestarse mediante síntomas, sueños, actos fallidos y distintas formaciones del inconsciente. En la vida social sucede algo diferente, pero podemos establecer una analogía literaria: la violencia que una comunidad decide ignorar no deja de tener consecuencias porque sus habitantes prefieran mirar hacia otro lado. Los callejones de Bogotá, sus desigualdades y los personajes que transitan por sus márgenes nos recuerdan que las sociedades también construyen espacios de exclusión y que aquello que no queremos ver continúa existiendo, aunque hayamos aprendido a vivir como si no estuviera ahí.


Esta reflexión también dialoga con otras obras literarias, como El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, o El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson. En ambas encontramos personajes que intentan sostener una imagen de sí mismos mientras mantienen una relación conflictiva con aspectos de su vida que preferirían ocultar. En el caso de Dorian Gray, la conservación de su apariencia contrasta con las consecuencias de sus actos, mientras que la historia de Jekyll y Hyde explora, mediante una separación fantástica, aquello que el ser humano considera incompatible dentro de sí mismo. Sin embargo, desde Freud, esta contradicción no tendría que explicarse únicamente como una lucha entre una parte buena y otra mala. Nuestra vida psíquica es bastante menos ordenada: podemos amar y odiar a una misma persona, desear aquello que conscientemente rechazamos o experimentar culpa incluso por fantasías que jamás hemos llevado a la práctica. A esto se suma una cuestión fundamental, y es que reconocer la ambivalencia de nuestros sentimientos no significa renunciar a distinguir entre una fantasía y un acto, ni mucho menos dejar de responsabilizar a quien ejerce violencia. Por el contrario, nos permite comprender que la existencia de conflictos internos no elimina nuestra responsabilidad frente a lo que hacemos con ellos.


Quizá una de las reflexiones más interesantes que me deja Akelarre es que resulta mucho más sencillo reconocer las contradicciones humanas cuando aparecen en alguien más. Podemos indignarnos frente a la crueldad, condenar la violencia y señalar las faltas morales de quienes nos rodean, pero pocas veces nos detenemos a pensar qué sucede con nuestra propia agresividad, nuestros prejuicios o las formas en que participamos, incluso sin advertirlo, en determinadas dinámicas de exclusión. El psicoanálisis nos ha enseñado que el sujeto no es completamente transparente para sí mismo, que no siempre conocemos las motivaciones de nuestros actos y que, en ocasiones, aquello que más rechazamos en los demás puede llevarnos a interrogarnos sobre nuestros propios conflictos. Esto no significa que todo rechazo sea una proyección ni que cualquier juicio moral esconda un deseo reprimido, pues sería otra manera de simplificar la complejidad humana. Lo importante es reconocer que nuestra relación con los otros también puede encontrarse atravesada por conflictos que desconocemos y que, muchas veces, resulta más cómodo atribuirles aquello que nos produce angustia que detenernos a pensar en nuestra propia participación dentro de determinadas situaciones.


Es justamente aquí donde encuentro uno de los aspectos más interesantes de la novela. Mendoza no solamente construye una historia de suspenso, crimen y acontecimientos sobrenaturales, sino que también nos coloca frente a una serie de contradicciones que atraviesan tanto la vida individual como la colectiva. La agresividad, la culpa, las exigencias morales, la exclusión y la dificultad para reconocer nuestros propios conflictos aparecen de distintas maneras a lo largo de la narración. Y aunque no considero que Akelarre deba entenderse como una novela psicoanalítica, sí creo que sus personajes y acontecimientos ofrecen una oportunidad para pensar algunas de las preguntas que Freud formuló acerca de la condición humana. Después de todo, uno de los encuentros más interesantes entre la literatura y el psicoanálisis ocurre cuando una historia consigue confrontarnos con algo que no esperábamos reconocer en nosotros mismos. No necesariamente porque compartamos las experiencias o los actos de sus personajes, sino porque podemos advertir que sus contradicciones nos remiten a problemas que también forman parte de nuestra existencia.


A diferencia de ciertas ideas que suelen asociarse con la psicoterapia, el psicoanálisis no promete que el conocimiento de nosotros mismos nos conduzca hacia una paz definitiva o a una vida libre de conflictos. Freud fue particularmente crítico frente a la posibilidad de alcanzar una armonía completa entre nuestros deseos, las exigencias de la cultura y las condiciones de nuestra propia existencia. Conocernos no implica descubrir que en el fondo somos completamente buenos, ni tampoco aceptar resignadamente cualquier aspecto destructivo de nuestra vida psíquica. Supone, entre otras cosas, reconocer nuestras contradicciones, aceptar que existen deseos y sentimientos que nos resultan incómodos y comenzar a interrogarnos sobre la responsabilidad que tenemos frente a ellos. En ocasiones, este reconocimiento puede resultar profundamente angustiante, pues nos obliga a cuestionar la imagen que hemos construido de nosotros mismos y a admitir que no siempre somos quienes creemos ser.


Al terminar Akelarre, me parece que una de sus mayores virtudes es precisamente esa capacidad de incomodar al lector, de llevarlo más allá del horror que aparece en sus páginas para preguntarse por las contradicciones que atraviesan nuestra propia vida. Porque quizá lo verdaderamente inquietante no sea únicamente descubrir de qué son capaces sus personajes, sino reconocer lo fácil que resulta atribuir toda la crueldad a los otros mientras nos reservamos para nosotros el lugar de los inocentes. La novela nos recuerda que el mal no siempre aparece acompañado de una figura monstruosa, de un rostro desconocido o de algo que podamos identificar inmediatamente como ajeno. En ocasiones, puede encontrarse relacionado con aquello que hemos normalizado, con nuestras indiferencias y con la dificultad que tenemos para reconocer los aspectos menos agradables de nuestra condición humana.


Tal vez la pregunta más importante no sea dónde se encuentra el mal, sino por qué necesitamos imaginar que siempre está tan lejos de nosotros.



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