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Lo que queda cuando todo cambia.

  • Foto del escritor: Omar Haddad Segura Landin
    Omar Haddad Segura Landin
  • 15 jun
  • 3 min de lectura

Vivimos la vida ocupados en lo cotidiano. Trabajamos, hacemos planes, construimos vínculos, confiamos en ciertas personas, en determinadas instituciones y en una imagen más o menos estable de quiénes somos y de cómo es el mundo. Vamos resolviendo los asuntos de cada día sin detenernos demasiado a pensar en la fragilidad de todo aquello que sostiene nuestra existencia. Sin embargo, hay momentos en que algo irrumpe de manera inesperada. Una pérdida, una enfermedad, una separación, una muerte, una traición o el derrumbe de un ideal. Y entonces sobreviene el trauma.


El impacto traumático siempre nos toma desprevenidos. No porque ignoremos racionalmente que las pérdidas existen, sino porque nunca sabemos desde qué frente llegará aquello que alterará profundamente nuestra vida. Cuando ocurre, algo se desgarra en nuestra manera de habitar la realidad. Lo que hasta hace un momento parecía firme deja de serlo. Lo familiar se vuelve extraño. El mundo continúa girando, pero para quien atraviesa el dolor algo se ha detenido. Por eso las primeras experiencias del duelo suelen estar marcadas por la conmoción, la incredulidad y esa sensación de irrealidad que acompaña a los grandes acontecimientos de la existencia.


A partir de ahí comienza un recorrido difícil. El duelo nos obliga a descender a regiones de nosotros mismos que preferiríamos evitar. Nos enfrenta al dolor de la ausencia, a la impotencia, a la rabia, a la nostalgia y a todas aquellas preguntas que la pérdida despierta. Parte de ese sufrimiento proviene de la desaparición de aquello que amábamos en el mundo exterior, pero también del esfuerzo psíquico que implica modificar nuestro mundo interno. Porque el objeto perdido no desaparece simplemente; continúa habitando nuestros recuerdos, nuestras expectativas y nuestras formas de comprender la vida. El duelo consiste, en buena medida, en el trabajo de encontrar un nuevo lugar para aquello que ya no está.


Por eso toda pérdida importante termina llevándonos mucho más lejos que el simple hecho de extrañar. El duelo nos obliga a repensar nuestros vínculos, nuestras certezas, nuestros proyectos y hasta la confianza que depositábamos en determinadas personas o instituciones. Nos confronta con la fragilidad de aquello que creíamos permanente y nos recuerda que ninguna construcción humana está exenta de transformaciones o rupturas. En ese sentido, el duelo no sólo habla de lo que hemos perdido; también nos habla de quiénes éramos mientras aquello existía.


Sin embargo, reducir el duelo únicamente al sufrimiento sería perder de vista una de sus dimensiones más profundas. Todo duelo contiene también la posibilidad de una metamorfosis. No porque la pérdida sea deseable ni porque el dolor tenga algo de noble en sí mismo, sino porque atravesar una experiencia de esta magnitud inevitablemente nos transforma. Quien desciende a los infiernos no regresa siendo el mismo. Regresa con cicatrices, con preguntas nuevas y con una comprensión diferente de sí mismo y de la vida.


Aquello que se perdió permanece perdido. No puede recuperarse tal como era. Intentar volver al pasado, reconstruir exactamente los mismos vínculos o aferrarse a la ilusión de que nada ha cambiado suele prolongar el sufrimiento. La tarea consiste más bien en descubrir cómo habitar el presente después de la pérdida. Cómo volver a relacionarnos con los otros, con el mundo y con nosotros mismos desde un lugar distinto.


Las cicatrices que deja el duelo no son solamente marcas de dolor. También son testimonio de los amores que tuvimos, de los ideales que sostuvimos, de los vínculos que nos transformaron y de las ausencias que nos enseñaron algo acerca de nuestra propia condición humana. Tal vez por eso la vida no sea otra cosa que el transcurrir de nuestros duelos: una sucesión de pérdidas, transformaciones y nuevos comienzos que van dando forma a la historia singular de cada sujeto. Vivir implica perder, pero también implica encontrar, una y otra vez, nuevas maneras de seguir adelante con aquello que hemos llegado a ser.


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