El cuerpo no nace como cuerpo: se vuelve historia.
- Omar Haddad Segura Landin

- 25 jun
- 9 min de lectura

Hay una idea profundamente potente en el pensamiento de Piera Aulagnier: el cuerpo no nace como cuerpo, se vuelve historia. Al nacer hay organismo: respiración, hambre, sueño, temperatura, piel, llanto, reflejos, placer y sufrimiento. Hay vida biológica, sí, pero todavía no hay un “mi cuerpo” en sentido psíquico. Para que ese organismo pueda volverse cuerpo propio, necesita ser sentido, mirado, interpretado, nombrado y alojado dentro de una historia. El cuerpo humano no se constituye únicamente por su biología; también se constituye por las huellas que dejan las primeras experiencias y por el modo en que otros responden a esas experiencias. Antes de que el sujeto pueda pensarse, antes de que pueda decir “yo”, antes incluso de que pueda distinguir con claridad entre lo que viene de adentro y lo que viene de afuera, el cuerpo ya está recibiendo marcas. Vemos, tocamos, escuchamos, olemos, sentimos hambre, frío, dolor, calma o tensión. Pero esas sensaciones no son simples datos naturales. La sensibilidad funciona como un primer puente entre la realidad psíquica, el mundo exterior y el espacio somático. El cuerpo es, desde el comienzo, el primer mediador entre la psique y el mundo. Antes de nombrar, el sujeto registra placer o sufrimiento; antes de comprender, algo del mundo ya ha dejado una inscripción en él.
Pensar el cuerpo de esta manera cambia radicalmente nuestra forma de entenderlo. El cuerpo no puede reducirse a un conjunto de órganos que funcionan, ni a una máquina biológica que enferma, sana, se adapta o se deteriora. El cuerpo también es una superficie de inscripción: allí quedan grabados los primeros encuentros con el otro, las primeras formas de ser calmado o no serlo, de ser sostenido o abandonado, de ser interpretado o silenciado. El cuerpo es biológico, pero también es relacional. Es materia viva atravesada por deseo, lenguaje, cuidado, memoria y presencia. Por eso, decir que el cuerpo se vuelve historia implica reconocer que nadie habita un cuerpo neutro. Habitamos un cuerpo que fue leído por otros antes de que pudiéramos leernos a nosotros mismos. “Eras tranquilo”, “llorabas mucho”, “no querías comer”, “te enfermabas seguido”, “eras muy sensible”, “siempre fuiste delicado”, “desde bebé batallábamos contigo”: frases aparentemente simples, dichas muchas veces dentro de la vida familiar, pueden convertirse en los primeros capítulos de una biografía corporal. El cuerpo propio empieza a ser conocido también a través de lo que otros dijeron de él.
En el inicio de la vida, la psique no distingue claramente entre cuerpo, mundo y otro. El bebé no piensa: “mi madre me alimenta”, “mi cuerpo siente hambre”, “algo externo me calma”. Al comienzo hay experiencias de placer y sufrimiento que se viven de manera inmediata, sin una separación clara entre adentro y afuera. El cuerpo todavía no es representado como una unidad propia; es más bien el lugar donde algo ocurre. Algo duele, algo calma, algo invade, algo satisface. La vida psíquica comienza allí, en esa zona donde sentir antecede a comprender. Antes de que la psique pueda reconocer la existencia de un mundo separado, muchas experiencias parecen surgir desde el propio cuerpo. El placer y el sufrimiento no son vividos todavía como efectos de la presencia o ausencia de otro, sino como acontecimientos que irrumpen en el espacio somático-psíquico. Esta idea permite entender por qué el cuerpo es la primera escena de la vida psíquica. La psique comienza a representarse a partir de lo que el cuerpo le hace sentir. Antes de que haya relato, hay sensación; antes de que haya memoria organizada, hay huella.
Cuando el pecho, la voz, la mirada o los cuidados empiezan a ser reconocidos como provenientes de un afuera, se inaugura otra dimensión: la dimensión relacional. El cuerpo ya no es solamente el lugar donde ocurren sensaciones, sino también el lugar donde se reciben respuestas. El llanto convoca, el hambre llama, el dolor exige, la calma confirma. Poco a poco, el cuerpo comienza a funcionar como mensajero. Algo de lo que ocurre en él se dirige al otro, aunque todavía no haya lenguaje verbal. El cuerpo habla antes de que el sujeto pueda hablar. Esa transformación es decisiva. El cuerpo pasa de ser un cuerpo puramente sensorial a ser un cuerpo relacional. Ya no sólo siente: comunica. Ya no sólo padece: convoca una respuesta. Ya no sólo existe biológicamente: empieza a ocupar un lugar en una escena compartida. En ese pasaje se origina una parte fundamental de la subjetividad, porque el cuerpo se vuelve el primer lenguaje del sujeto. Mucho antes de pedir con palabras, el niño pide con el cuerpo. Mucho antes de narrarse, algo de su historia ya se está escribiendo en la forma en que es recibido, calmado, sostenido o interpretado.
Para Aulagnier, el yo no puede existir sin una historia. El yo necesita narrarse, darse continuidad, reconocerse como el mismo a pesar de los cambios físicos y psíquicos. Pero esa historia no se construye solamente con recuerdos conscientes; también se construye con marcas corporales, relatos familiares, enfermedades, emociones, accidentes, placeres y sufrimientos. El cuerpo participa en la biografía del sujeto porque ofrece signos visibles de una historia que muchas veces permanece invisible. El yo, en este sentido, necesita convertirse en su propio biógrafo. Cada sujeto tiene que escribir, reescribir y reorganizar la historia de lo que ha vivido. Pero esa historia nunca queda terminada de una vez y para siempre. Cambia cuando cambia el cuerpo, cuando aparece una enfermedad, cuando se transforma la relación con los otros, cuando se resignifica la infancia, cuando se atraviesa una pérdida o cuando algo del pasado adquiere un sentido nuevo. La biografía corporal permanece abierta porque la vida modifica constantemente el modo en que nos entendemos.
El cuerpo ofrece puntos de referencia para esa narración. Una cicatriz, una enfermedad de infancia, una dificultad alimentaria, una operación, una etapa de debilidad, una transformación física en la adolescencia o una experiencia de dolor pueden convertirse en capítulos de la historia personal. Pero esos hechos no hablan por sí solos. Necesitan ser interpretados. Lo decisivo no es únicamente lo que ocurrió, sino el sentido que se le dio, la respuesta que generó y el lugar que ocupó en la memoria del sujeto. Por eso el cuerpo puede ser vivido como aliado, enemigo, carga, refugio, prueba, culpa o herencia. Depende de cómo fue inscrito en la historia psíquica. Un mismo síntoma puede ser vivido por una persona como señal de fragilidad, por otra como llamado de atención, por otra como castigo, por otra como modo de ser cuidada. El cuerpo nunca es solamente cuerpo: es cuerpo interpretado. Y esa interpretación no empieza en la adultez; muchas veces empieza mucho antes de que el sujeto pueda preguntarse qué significa lo que le pasa.
En la teoría de Aulagnier, la madre —o quien ocupe esa función primaria— tiene un lugar decisivo porque es quien primero lee el cuerpo del infans. El bebé llora, duerme, rechaza alimento, se calma, se agita, enferma o sonríe; la madre interpreta esos signos. No mira simplemente datos corporales, sino mensajes. El hambre puede ser leída como demanda, el llanto como sufrimiento, la calma como bienestar, la enfermedad como amenaza o como pedido de cuidado. Así, el cuerpo del niño entra en el lenguaje del otro. Pero esa lectura nunca es completamente neutral. La madre interpreta desde su propia historia, desde sus deseos, sus miedos, su relación con el padre del niño, sus fantasías y su propio cuerpo. No recibe simplemente un organismo, sino un cuerpo que debe enlazar con el niño que había anticipado en su imaginación. Antes del nacimiento ya existía una imagen, una espera, una representación del hijo por venir. El encuentro con el cuerpo real del bebé exige ajustar esa representación, hacer lugar a ese niño concreto que llega, distinto siempre del niño imaginado.
Ese ajuste puede ser más o menos posible. Cuando la madre logra investir el cuerpo real del niño, su mirada, su voz y sus cuidados ayudan a que ese cuerpo se vuelva habitable para la psique del bebé. Pero cuando el cuerpo real aparece como demasiado extraño, demasiado diferente o demasiado decepcionante frente al hijo imaginado, puede abrirse un conflicto. El cuerpo del niño puede convertirse entonces en una desmentida dolorosa para la madre, y esa dificultad afectará la historia corporal del sujeto. La madre no sólo cuida el cuerpo: también lo introduce en una historia. Lo que diga o calle sobre sus enfermedades, su llanto, sus dificultades, su vitalidad o su fragilidad influirá en la forma en que el sujeto se pensará a sí mismo. La historia corporal del niño comienza antes de que él pueda contarla; comienza en la memoria, la emoción y el discurso de quien lo recibió. Por eso, muchas veces, la relación que una persona tiene con su cuerpo está atravesada por relatos que no eligió, pero que terminaron formando parte de su identidad.
Aulagnier presta una atención muy especial al sufrimiento corporal. El sufrimiento tiene una fuerza particular porque exige modificación. Mientras el placer parece pedir que nada cambie, el sufrimiento pide que algo cambie: que alguien acuda, que algo se detenga, que el medio se transforme, que el dolor sea reconocido. Por eso el sufrimiento del cuerpo infantil tiene una función relacional intensa. No sólo informa al niño de que algo ocurre en su cuerpo; también convoca al otro. El sufrimiento físico rara vez deja indiferente a quien cuida. Puede provocar ternura, angustia, culpa, preocupación, rechazo o incluso agresividad, pero casi siempre produce una respuesta. Esa respuesta retorna al niño como revelación: le muestra qué representa su dolor para el otro. Si el sufrimiento es atendido, dramatizado, negado, castigado o silenciado, cada una de esas respuestas dejará una marca. El niño aprenderá algo sobre su cuerpo y también sobre el valor que su sufrimiento tiene en la relación.
Esta es una de las ideas más importantes para pensar la clínica y la vida cotidiana: el cuerpo puede convertirse en vía de comunicación cuando la palabra no alcanza o no es escuchada. El niño puede descubrir que su sufrimiento corporal obtiene respuestas que su sufrimiento psíquico no consigue. Un “me duele” puede ser más eficaz que un “estoy triste”. Una enfermedad puede llamar al otro con más fuerza que una demanda emocional. Así, el cuerpo puede ocupar el lugar de mensajero cuando el sujeto no encuentra otro modo de ser reconocido. En la adultez, esta lógica puede repetirse. Hay personas que reparan, castigan, sobreprotegen o ignoran su cuerpo de acuerdo con la historia que construyeron sobre cómo fue tratado su cuerpo infantil. El cuerpo sufriente puede reactivar antiguas escenas: la espera de cuidado, el miedo al abandono, la necesidad de ser visto, la culpa por necesitar, la rabia de no haber sido escuchado. El cuerpo actual puede convertirse en representante del niño que uno fue. A veces, lo que duele hoy no duele solamente por lo que ocurre en el presente, sino porque toca una memoria más antigua.
De ahí la fuerza de una conclusión fundamental: no hay cuerpo psíquico sin historia. El cuerpo humano necesita una narración que lo acompañe, una especie de sombra hablada que le permita entrar en el campo del sentido. Esa historia puede proteger o amenazar, cuidar o perseguir, dar consistencia o producir sufrimiento; pero es indispensable. Sin historia, el cuerpo queda reducido a organismo. Con historia, se vuelve cuerpo vivido, cuerpo propio, cuerpo investido, cuerpo capaz de entrar en una biografía. Esta idea permite pensar muchas experiencias cotidianas. ¿Por qué algunas personas viven una enfermedad como castigo? ¿Por qué otras sienten que su cuerpo siempre las traiciona? ¿Por qué algunas sólo se sienten miradas cuando sufren? ¿Por qué una transformación corporal puede desorganizar tanto la identidad? Desde esta lectura, la respuesta no está solamente en el presente. Está también en la historia del cuerpo: en cómo fue mirado, tocado, nombrado, cuidado, interpretado y deseado.
Pensar el cuerpo como historia no implica negar la biología. Implica no reducirlo a ella. El cuerpo tiene órganos, células, síntomas, diagnósticos y enfermedades, pero también tiene memoria psíquica. Está atravesado por discursos familiares, culturales, médicos y afectivos. En nuestra época, el discurso científico nos ha enseñado a pensar el cuerpo como objeto de conocimiento, medición y tratamiento. Pero la subjetividad necesita algo más que diagnóstico. Necesita poder narrar qué lugar ocupa ese cuerpo en la vida del sujeto. Por eso, la pregunta “¿qué cuerpo tengo?” nunca es solamente médica, estética o funcional. También es una pregunta histórica: ¿qué historia me contaron sobre mi cuerpo?, ¿qué lugar tuvo mi sufrimiento para los otros?, ¿cómo fue recibido mi placer?, ¿qué marcas corporales se volvieron identidad?, ¿qué silencios quedaron en mi biografía? El cuerpo se vuelve propio cuando puede ser integrado en una narración que no lo niegue, que no lo fragmente y que le permita al sujeto habitarlo.
En definitiva, el cuerpo no nace como cuerpo porque no basta con nacer con un organismo. El cuerpo se vuelve cuerpo cuando entra en una red de miradas, palabras, cuidados, deseos y recuerdos. Se vuelve historia cuando alguien lo lee, lo responde y lo narra; y más tarde, cuando el sujeto puede reapropiarse de esa narración para escribirla de nuevo. Ahí comienza una tarea que dura toda la vida: convertir el cuerpo recibido, interpretado por otros, en un cuerpo propio. Tal vez por eso, cada relación con el cuerpo es también una relación con la historia. Con lo que nos dijeron, con lo que callaron, con lo que dolió, con lo que fue cuidado, con lo que fue nombrado de más o de menos. Habitar un cuerpo no es simplemente tenerlo; es poder encontrar una forma de reconocerse en él. Y quizá una parte importante del trabajo subjetivo consista justamente en eso: dejar de vivir el cuerpo únicamente como herencia del discurso de otros, para empezar a escribir, poco a poco, una historia en nombre propio.



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